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Historia de las Drogas en la Antigua Roma

Baccus, Dios del Vino

En el fascinante recorrido de la historia de las drogas, la Antigua Roma se presenta como una civilización que marcó profundamente nuestra comprensión moderna de las sustancias psicoactivas. Al igual que en la Grecia clásica, el término phármakon en Roma no distinguía de manera clara entre medicamento y droga, englobando tanto el concepto de remedio como el de veneno. Esta ambigüedad contrasta notablemente con la cultura contemporánea, donde a menudo se traza una línea divisoria entre drogas y medicamentos.

Hoy en el blog de Cannactiva contamos con la colaboración de Jorge Melero y Jorge Escohotado, socios de La Emboscadura, editorial monográfica de Antonio Escohotado, autor de la célebre Historia General de las Drogas, para hablar sobre la historia de las drogas en la Antigua Roma. 

Legislación sobre drogas en la Antigua Roma

La influencia de la cultura romana en el desarrollo de diversas disciplinas es innegable, y su enfoque hacia los fármacos no es una excepción. Al igual que en Grecia, el concepto de phármakon en Roma se mantuvo ambiguo, abarcando tanto el remedio como el veneno. 

Quizá una de las partes más importantes del legado de esta civilización reside en el derecho, su huella aún está presente en las legislaciones actuales. Cabe pues preguntarse qué dictaba el Derecho Romano acerca de estas sustancias. Su posición al respecto queda reflejada en la Lex Cornelia, el único documento legal romano que encontramos en relación a las drogas, vigente desde la República Romana hasta el ocaso del Imperio: “droga es una palabra indiferente, donde cabe tanto lo que sirve para matar como lo que sirve para curar, y los filtros de amor, pero esta ley sólo reprueba lo usado para matar a alguien.’’ (D’Ors, 1975, p. 699). Es decir, la legislación únicamente prohibía el uso de drogas cuando existía una intención homicida, además, explicita la idea de que la droga sirve tanto para dar muerte como para curar. 

Curiosamente, la legislación romana se enfocó en proteger a los usuarios de las estafas y falsificaciones, un problema común por ejemplo en el mercado del opio, donde la calidad del producto variaba y a menudo se adulteraba con otras sustancias.

Dice Antonio Escohotado que es precisamente esta protección a la sustancia lo que ha evitado los problemas sociales asociados a su consumo, evitando el desconocimiento y la marginalización con respecto a esta: «Así se entiende que en la cultura grecorromana –con millones de usuarios constantes a lo largo de los siglos– su consumo no produjera el menor indicio de problemas individuales o colectivos’’ (Escohotado, 1998, p. 128). 

Paradójicamente, hoy en día la ley no pune la adulteración de sustancias ilícitas siempre y cuando se adulteren con sustancias legales. Incluso se premia de alguna manera esta práctica. Cuando un traficante es detenido con grandes cantidades de drogas ilegales, la penalización se basa en el porcentaje real de la sustancia ilegal presente.

 Aunque sí existe en la legislación un agravante por adulteración de la sustancia con otra que produzca un daño directo mayor sobre la salud del consumidor, esta ley es muy precaria, pues existe un umbral de sustancia ilícita incautada para ser considerado delito de narcotráfico, y poder por tanto aplicarse el agravante, y este umbral se calcula atendiendo al porcentaje real de la droga ilegal. Por ejemplo, un traficante que se enfrente a una condena en la que se le ha incautado una cantidad X de presunta heroína, pero el laboratorio indica que de esa cantidad, en realidad solo un 20% es realmente heroína, y ese 20% no supera el umbral establecido como cantidad mínima para ser considerado tráfico de estupefacientes, no se considerará tráfico ni se aplicará el agravante. Esto sucede incluso si el adulterante es más tóxico que la droga en sí, mientras que sea legal. Y es precisamente aquí donde se producen unos márgenes de relativa impunidad que el nuevo Código Penal no ha sabido corregir al limitarse a transcribir el antiguo artículo 344.bis.a) sin el menor espíritu crítico. Baste pensar, por ejemplo, en un alijo de 300 gramos de heroína con una riqueza del 15 por 100 de clorhidrato de heroína referido a la totalidad de la mezcla. En este caso el principio activo no rebasaría los 45 gramos por lo que resultaría inaplicable la notoria importancia al no alcanzar el límite de 60 gramos exigidos a los efectos de la aplicación de la agravante específica. (Porcellar, 1999, p.6)   

Esta circunstancia evidencia una problemática notable que no se reduce al desamparo total del consumidor por parte de las autoridades, sino que se extiende hacia el favorecimiento totalmente irresponsable de esta clase de prácticas tan potencialmente nocivas para la salud pública. 

Opio en Roma

El opio ocupó un lugar central en la medicina romana, similar a su papel en la Grecia antigua. Plinio el Viejo menciona que “la adormidera siempre gozó de favor entre los romanos” (Teofrasto, 1483, p. 169), quienes lo emplearon tanto por sus propiedades sedantes como para inducir el sueño reparador. El consumo de este fármaco era especialmente habitual y se encontraba totalmente integrado en la vida cotidiana: “Para los romanos, el hábito de consumir opio no se distinguía del hábito de comer ciertos alimentos, hacer ciertos ejercicios corporales o acostarse y levantarse a una hora determinada.’’ (Escohotado, 1998, p. 128).

Existía un consenso social alrededor de dos cuestiones básicas relacionadas con el opio; la primera era el derecho básico de cualquiera a luchar contra el dolor y el sufrimiento haciendo uso de todos los medios a su disposición, la otra, el mismo derecho a decidir no seguir luchando y optar por la sedación o la eutanasia. 

En el arte mediterráneo antiguo, la adormidera, de la cual se extrae el opio, representa el sueño y el olvido. Somnus, la personificación del sueño, se representa vertiendo jugo de adormidera sobre los párpados de los durmientes desde un cuerno, conocido como «cuerno de opio» (Escohotado, 1998). 

Claudio Galeno (129-199), el único médico comparable a Hipócrates en la era clásica, consagra el uso terapéutico del opio. Nacido en la ciudad de Bérgamo, conocida por albergar multitud de adormidera y por su templo a Asclepio, Galeno ve el jugo de adormidera como el paradigma de fármaco vegetal. Para él, el opio encapsula la dualidad de ser a la vez un veneno y un remedio, destaca en él una capacidad mágica de curar, y atribuye esta capacidad precisamente a que amenaza con matar. Considerado por Galerno «frío en cuarto grado», mientras que otros fármacos como la mandrágora se consideran tercer grado, el opio posee «una potencia soporífera y analgésica incomparable’’ (Escohotado, 1998, p. 127), lo que lo convierte en una herramienta efectiva en múltiples terapias, con especial aplicación para reducir la temperatura corporal o calmar la agitación.

En la concepción de Galeno, el opio no era simplemente una herramienta médica; era un símbolo de la complejidad inherente a la naturaleza humana y la medicina, de ahí su consideración de que precisamente su peligro es lo que lo convierte en tan magnífico remedio. 

El opio no sólo era una herramienta medicinal, sino también un recurso filosófico y existencial. Su uso para la sedación, el alivio del dolor y la inducción del sueño resonaba profundamente con la visión romana de la vida y la muerte. Más allá de un derecho, la eutanasia se veía como un deber ético del enfermo y de quienes le rodeaban (Escohotado, 1998).

Esta concepción de la mors tempestiva se reflejaba en los textos filosóficos de la época, donde el opio se convertía en un medio para alcanzar la autonomía moral, incrementando el poder del hombre para controlar su destino y asegurando una muerte digna cuando la vida se volvía insostenible. 

El mercado romano del opio era complejo y diversificado, con una demanda que superaba la oferta. Esto propició un floreciente comercio de opio egipcio y mesopotámico, exportado principalmente desde Alejandría, y la proliferación de falsificaciones. Escribonio Largo, por ejemplo, insistía en la importancia de obtener opio directamente del látex de la adormidera, mientras que Dioscórides y Plinio el Viejo ofrecían criterios detallados para evitar la estafa y determinar la pureza del opio (Escohotado, 1998), demostrando una profunda familiaridad y admiración por el producto genuino.

Además, estaba prohibido especular sobre el precio de esta mercancía, los precios venían estipulados por el gobierno, lo que impedía que el libre mercado junto con el exceso de demanda dejara al sector más pobre de la ciudadanía sin un bien considerado entonces de primera necesidad, al igual que la harina o la lana. Por último, cabe destacar que gran parte de las recaudaciones en impuestos provenían del comercio de opio.

Alcohol en la Antigua Roma

El vino era ampliamente consumido por los romanos y desempeñaba un papel central en múltiples aspectos de su sociedad. Escritores como Cicerón y Plinio el Viejo mencionan frecuentemente el consumo de vino. En los banquetes romanos, el vino se servía en grandes cantidades y era parte esencial de la hospitalidad y la celebración. Además, el vino se utilizaba en rituales religiosos dedicados a dioses como Baco (Dionisio en la mitología griega), donde simbolizaba la comunión divina y la purificación.

Bacchanal de Titian (Tiziano Vecellio)
Bacchanal de Titian de Tiziano Vecellio. Una obra renacentista que muestra una celebración festiva dedicada al dios del vino y el éxtasis. En esta obra maestra de Tiziano, ambientada en la isla de Andros, el vino emerge como símbolo central de los cultos dionisíacos en la antigua Grecia. Un arroyo de vino fluye por el paisaje, reflejando la abundancia y el fervor de las celebraciones. Dioses, hombres y niños se unen en una festividad que resalta los efectos embriagadores del vino, descritos por Philostratus como “transformadores que embellecen y fortalecen a quienes lo consumen”. La inclusión del canon musical de Adriaen Willaert en primer plano subraya la conexión entre la música y el vino, evocando la armonía y el éxtasis característicos de las festividades dionisíacas. Elementos como el joven orinando y la ninfa sensual en la esquina inferior derecha aportan una mezcla de humor y sensualidad, mientras que las figuras clásicas reinterpretadas, inspiradas en esculturas antiguas y estudios de vida, destacan la fusión entre lo mitológico y lo contemporáneo. Las libertades artísticas de Tiziano, como la ausencia de Baco en la escena principal y la inclusión de personajes adicionales, enriquecen la narrativa visual, enfatizando el papel del vino como fuerza unificadora y transformadora en los rituales y la cultura de la época.

El culto báquico, asociado al dios griego Dioniso, implicaba rituales orgiásticos y misterios que celebraban la liberación espiritual a través del éxtasis y el vino. Estas prácticas, al llegar a Roma, encontraron una fuerte resistencia por parte de la sociedad y el gobierno romanos, preocupados por su potencial desestabilizador. 

Los romanos, a pesar de ser grandes consumidores de vino, imponían restricciones significativas sobre su consumo. Por ejemplo, los menores de treinta años y las mujeres estaban tradicionalmente excluidos de esta práctica (Lewin, 1970). 

En el año 186 a.C., los cónsules Espurio Postumio y Quinto Marcio se percataron de la existencia de bacanales nocturnas en Roma, aunque esto no era algo nuevo sino que llevaba aconteciendo décadas (Escohotado, 1998). La respuesta fue inmediata y severa, marcando el comienzo de una persecución sin precedentes.

Al principio, las bacanales eran exclusivamente femeninas y se celebraban tres días al año. Con el tiempo, se incluyeron varones y las ceremonias se trasladaron a la noche, extendiéndose a cinco fechas al mes. Desde entonces, «ninguna forma de crimen quedó sin efectuar» (Escohotado, 1998, p. 140) en estos ritos, que habían crecido hasta casi constituir «un segundo Estado» (Escohotado, 1998, p. 140), con la participación de individuos de alto rango.

La cruzada iniciada por Postumio se encontró con serias dificultades a la hora de localizar a los ciudadanos que participaban en esta clase de ritos. Hasta entonces, el derecho romano había contemplado la intromisión de una persona en las libertades de otra, y había hecho uso de las denuncias para solventar tales percances, sin embargo, nadie denunciaba las bacanales, pues no ejercían un daño directo sobre ningún individuo.

Las normas legales de la época, hubieran requerido la infiltración de observadores en las ceremonias y la comprobación de crímenes específicos (Escohotado, 1998). En lugar de ello, «se ocupó de atraer delatores mediante recompensas» (Escohotado, 1998, p. 140), es decir, cualquier ciudadano que otorgara información al respecto de las bacanales, recibiría una recompensa económica.

 Este método de utilizar informadores remunerados era algo nuevo en el derecho romano y representaba una intrusión directa en las libertades individuales de la población. Se calcula que más de 7.000 personas participaron en esta persecución como delatores.

Conclusión

El uso de fármacos en el Imperio Romano revela una compleja relación entre la medicina, la cultura y la regulación de sustancias. 

El opio, ampliamente aceptado y utilizado, no generaba problemas sociales ni adicciones como las entendemos hoy. La legislación romana, más que prohibir, buscaba regular y asegurar la calidad de las sustancias, protegiendo a los consumidores de adulteraciones peligrosas.

Las medidas severas contra los cultos báquicos reflejan una preocupación más por la estabilidad cultural y social que por el uso de sustancias en sí mismo.

Este enfoque, comparado con las políticas contemporáneas, nos invita a reflexionar sobre cómo equilibrar la regulación y el respeto por las libertades individuales, evitando caer en paternalismos que atenten contra la autonomía personal y promuevan una persecución irracional.

Jorge Melero y Jorge Escohotado (Los Emboscados), en Madrid a 28/12/2024

Referencias
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  • Teofrasto. (1483). Historia de las plantas. (Díaz-Regañón, J.M., Trad.). Biblioteca clásica Gredos, 112. (Obra original publicada en torno al siglo IV a.C.).
Foto de La Emboscadura

La Emboscadura
La Emboscadura La Emboscadura es la editorial  monográfica sobre Antonio Escohotado de su hijo Jorge Escohotado. Junto con Jorge Melero, trabajan para la difusión global del pensamiento de Antonio Escohotado.  [...]

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